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AVIVAMIENTO EN SUDAFRICA
Erlo Stegen


CONVERSIÓN Y LLAMADO AL MINISTERIO

Cuando Dios me llamó para predicar su evangelio, yo no quise obedecerlo. Era algo muy difícil para mí, puesto que tenía otros ideales. Yo no lograba comprender a algunos jóvenes de mi edad, y creo que ellos tampoco lograban entenderme. Cuando ellos salían en búsqueda de novias yo decía: "¡no los entiendo cómo es posible! Yo, prefiero ganar dinero." Y así, ellos salían a visitar a las chicas mientras que yo me ocupaba en ganar dinero, pues el dinero para  mí era mejor que las chicas. Yo les decía que primero me ocuparía en ganar dinero y que lo demás vendría después.

Había un predicador excelente en nuestra iglesia. Él predicaba mejor que los demás que yo conocía. Mis hermanos y yo en aquel entonces llevábamos chicles y bombones para los cultos, y cuando el predicador empezaba el sermón, caíamos en el más profundo sueño, o si no, nos comíamos los caramelos. Pero, al llegar ese predicador no nos daba sueño; él predicaba muy bien y sus sermones eran muy interesantes, además de muy breves (debo admitir que era lo que más nos gustaba). Por ejemplo, en la época de la Pascua cuando había las competencias en Pietermaritzburg, nos acercábamos a él y le decíamos que nos queríamos ir a las carreras: "¿ es posible que prediques un sermón muy breve?" y él, entonces, predicaba solamente 10 o 15 minutos, y decíamos: "¡ Este es el tipo de predicador que nos gusta!".

Pero, a pesar de ser un hombre brillante, aquel pastor sudafricano era infeliz. En el seminario donde estudió, en Europa, fue el primero en lograr resultados tal como ninguno lo había logrado. Fue el primero, o quizá, el último. Un hombre realmente brillante, pero, sin paz en su corazón. Jesús estaba en su mente, y no en su corazón. Él se imaginó que, al ser un predicador, estudiando el griego, latín y hebreo, o llenándose de conocimientos estaría satisfecho y con el problema resuelto. De esa manera se fue a Europa a estudiar, por mucho tiempo. Así, se dio cuenta que ni con eso tenía paz. Entonces, decidió regresar a África, hacerse misionero y predicar el evangelio.

Sus maestros no podían entender ese deseo repentino de volver, y decían: "¿vas a regresar a África? África no necesita un hombre como tu; te debes quedar en Europa. Vas a desperdiciar tu talento si regresas. ¿Qué vas a hacer por allá?" Y él les contestaba: "En Sudáfrica hay muchas bananas y yo las quiero enderezar para que ya no sean torcidas." Los maestros así, lo consideraban  un caso perdido.

Así fue que él regresó a Sudáfrica a predicar el evangelio, y se dio cuenta que eso tampoco lo dejaba satisfecho. Y analizó que debía esforzarse más en el trabajo. Fue cuando comenzó a trabajar y a predicar muchísimo, como muy pocos pastores lo harían. Consecuentemente las autoridades de la iglesia dijeron: "él es muy bueno para estar en  una iglesia de negros, mejor le damos una de blancos". Así fue que pasó a ser el pastor de nuestra iglesia.

Aquel hombre trabajaba tanto que su cuerpo ya no lo soportaba. Por fin fue al médico, el cual era un judío no cristiano. El doctor le dijo: " es increíble que ustedes los cristianos sean personas tan nerviosas. Lo que he observado entre ustedes es que parecen tener miedo a la muerte. Si les fuera posible, huirían de ella. No lo entiendo. Yo soy judío y no creo que Jesús es el Mesías, pero, veo que ustedes, los cristianos, apenas por un pequeño síntoma corren al médico, por el mismo temor a la muerte. Ese predicador evangélico volvió a su casa avergonzado con lo que le dijo aquel médico. Y le dijo a su esposa: " el médico me dijo que dejara de predicar por un tiempo, que me diera un reposo, pues, de lo contrario, seguiría con esas crisis nerviosas. Y le digo algo: aunque me toque recorrer todo el mundo yo sé que alguien me tiene que ayudar."

El oyó hablar de un evangelista. En verdad, no le caía bien, pero debido a su gran necesidad, no le importaba tener que ir hasta ese pastor, que, según le dijeron, no tenía buena fama. Y se fue a Pretoria a verse con el pastor. Al hablar con él de teología quedó desconcertado. Notó que él no sabía muy bien el griego, y de hebreo, peor aún. Y pensó: ¿ qué tendrá ese pobre para decirme? ¡No tiene la mínima preparación! Yo soy un teólogo, uno de los  eruditos, y ese hombre no me puede ayudar". Pero, ese hombre tan sencillo sí podía orar. Y me dijo: "arrodillémonos y oremos." Y oró diciendo: "Señor Jesús, te pido que tu luz alumbre". Nuestro pastor dice que al estar de rodillas la luz alumbró, y por  primera vez en su vida él abrió su corazón y permitió que Cristo entrara. Así fue que sucedió el milagro en su vida. Él volvió y ya su predicación era diferente; su vida era diferente. Y a partir de ahí, Dios comenzó a trabajar también en nuestros corazones.

Me acuerdo de un día en que oré, después de un mensaje y le dije al Señor: "OH, Jesús, necesito de ti. Entra a mi vida, cámbiame y sálvame de mis pecados". Poco después sentí que Dios me llamaba para el ministerio. Era algo difícil para mi, pues no tenía conocimiento de alguno de la familia que hubiera sido un misionero o un predicador anteriormente.. y me parecía imposible, ya que me gustaba mucho el dinero, ese era mi dios, el dinero. Y pensaba que al ser un predicador me volvería pobre. Yo sabía que nuestro predicador era una persona pobre. Algunos predicadores ganan buen sueldo, pero, los de nuestra iglesia eran muy pobres y yo no deseaba eso para mí.

Viví en un infierno durante 18 meses. Le oraba al Señor diciendo que no podía pagar un precio tan alto para mí. Pero, después de ese tiempo tomé conciencia de que el precio de la desobediencia es mucho más alto que el de la obediencia. Y abro un paréntesis para decir que no me gustaría que nadie pasara por lo que pasé. Después de los 18 meses le dije al Señor: " está bien Dios, yo seré un predicador, pero, con una condición; no quiero ser un predicador sólo por serlo,  sólo por distraer a un grupo los domingos por una o dos horas, sólo por bautizar, casa o enterrar. Señor, si voy a ser un predicador, quiero serlo para predicar la verdad. No quiero jugar a la iglesia y a pastor, ya que estoy renunciando a muchas cosas. Si voy a ser así, lo voy a ser de verdad".

Yo era muy jovencito cuando me convertí y no me gustaban los libros. En la escuela, cuando había que leer era una carga para mí. Pero, algo extraño sucedió cuando Jesús entró en mi corazón, pues sólo quería leer y leer la Biblia; la amé profundamente, y ella se tornó él más dulce de los libros para mí. No tenía interés alguno por los demás libros, era sólo la Biblia para mí. Yo sabía que mis hermanos tenían libros seculares, fotos de mujeres desnudas, y, sin que ellos se dieran cuenta fui  y las quemé todas. Cuando ellos vinieron a buscarlas, yo no les dije nada, porque yo era un discípulo secreto del Señor Jesús. Yo sabía que a Dios no le gustaba ese tipo de literatura, por eso fui y los quemé, sin ni siquiera pedirles autorización a ellos.

Yo era un lector intenso de la Biblia, tanto así, que cuando mi familia organizaba un paseo yo inventaba algo para no ir, y quedarme sólo, leyendo la Biblia, orando, cantando al Señor. Antes de eso, yo nunca había cantado. En la escuela los alumnos tenían que cantar, y yo nunca lo hacía. Les decía a los profesores: " no me gusta y ni puedo cantar". Más, cuando Jesús entró en mi corazón yo no podía parar de cantar. Aprendí capítulos enteros de la Biblia, uno tras otro los memoricé, como por ejemplo, Juan 15, Juan 17.

Las promesas de la Biblia eran muy maravillosas para mí. Leí por ejemplo, lo que Jesús dijo: "Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho". Al verlo, pensé que eso era un tesoro más grande que cualquier cantidad de dinero o cualquier cosa que el mundo pudiera darme. Entonces oré: "Dios, si en verdad existe una vida tal como ésta, en la cual una persona pide lo que quiere y lo recibe, yo quiero esta vida para mi. Si esta promesa fuera la única de la Biblia, entonces valdría más que cualquier tesoro de este mundo; el oro y la plata no se le pueden comparar." Imagine usted una vida tal, que la persona ore e inmediatamente obtiene lo pedido. Eso generó una explosión en mi interior.

Entre tanto, no sabíamos lo que el mundo nos podrá ofrecer. En mi casa había un salón grande de baile. Todas las grandes fiestas de la ciudad, como matrimonios, noviazgos, eran celebradas allá. Ya conocíamos las personas embriagadas, bailando hasta altas horas de la noche. Y eso todo pasaba cuando éramos "excelentes cristianos", que iban siempre a los cultos, sin faltar a ninguno. Más, cuando Jesús entró en nuestros corazones, perdimos el interés por esas cosas, y sólo nos interesaba Dios y Su Palabra.

Había tantas promesas tan dulces en la Biblia, que eran mejor que todo en el mundo, mucho más dulces que cualquier palabra en la tierra. Por ejemplo, en Juan 14:12 Jesús dice: "De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre". Leí otra vez y la comparé con lo que Cristo hizo en Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Como es de notarse, eso llenó mi corazón de alegría. Pensaba en eso todo el día, cargando mi Biblia de un lado a otro. En aquella noche hasta soñé con todo lo que había pensado, y le oré al Señor diciéndole que si todo eso era posible, yo le creía,  pues todo era aplicable a mi vida. Yo no podía pensar en otra cosa, excepto que todo aquello era para mi, pues me consideraba un buen creyente, y hacía la voluntad de Dios.

Y seguí clamando: "Señor, si me voy a convertir en un predicador, quiero serlo semejante a ti". Yo sabía que  Jesús predicaba con frecuencia en las montañas, en los valles, otras veces en la sinagoga, y otras, quizá más aun, al aire libre. Y le oré diciéndole que no quería predicar en las iglesias, que si fuera necesario, hasta en las montañas, bajo los árboles, pero, que fuera tal como el Señor lo hizo. Quería ser semejante a Él en sus enseñanzas y predicaciones.

 

MISIONERO EN MEDIO DE LOS ZULUES

 

Cuando terminé mis estudios el Señor hizo algo que no esperaba: me abrió las puertas de trabajo como misionero entre los zulúes. Yo me imaginaba predicando a los blancos, pero el Señor me llevó a trabajar con los negros. Menciono este hecho sólo porque jamás me imaginé tal cosa. Antes de que Cristo entrara a mi corazón yo no podía imaginar que una persona que no fuera blanca fuera tan humana como nosotros. No creía que ellos podían sentir lo mismo que nosotros. Hoy día me avergüenzo de haberlo pensado, y  me regocijo en pasar  la mayor parte de mi tiempo rodeado de personas que no son blancas. Es que cuando Jesús entra en un ser, cambia todo. Él toca exactamente en aquello que es pecado. Yo no sabía ni siquiera hablar en zulú, menos predicar. No había en mi ningún interés hacia ellos, más bien, los despreciaba. Pero, porque amaba al Señor Jesús, yo aprendí a hablar en zulú.

Fui misionero por varios años entre ellos, antes de que el avivamiento llegara. Cuando yo predicaba entre ellos iba directo al asunto. Había oído hablar que un pastor blanco no predicaba de esa manera, y un día un pastor indiano en confidencia me dijo: "Hay que tener mucho cuidado con lo que se dice, pues si predicamos de forma muy directa, la gente deja de venir a la iglesia". Más, al comenzar a predicar a los zulúes, les dije la verdad desde un principio. "Ustedes tienen que arrepentirse, tienen que cambiar, en caso contrario, irán al infierno. Sus ídolos tienen ojos y oídos, pero no ven ni oyen, Cristo es la solución". Y los zulúes me decían: "umfundisi ( pastor), escuchamos sus enseñanzas, pero usted tiene que entender que el cristianismo es la religión de los blancos, y nosotros tenemos la nuestra. Es la tradición de ustedes, que son cristianos porque sus padres lo fueron. Si usted fuera un zulú, sería exactamente como nosotros". Y el diálogo seguía.

-    Antes yo era realmente así, como usted lo dice, pero hubo un día en que Cristo entró en mi corazón, y todo cambió.

-    Bien, decía él, el cristianismo es bueno, porque le hemos sacado provecho. Fuimos occidentalizados, ustedes nos han construido iglesias y escuelas. Hay muchas cosas buenas que ustedes nos han traído. Pero, aun siendo el cristianismo algo bueno, no lo es lo suficiente. Aunque nos hagamos cristianos, no dejaremos nuestras costumbres, tenemos que seguir adorando a nuestros dioses. Aun siendo cristianos, cuando uno de nuestros hijos se enferma, tenemos que llevarlos al curandero o al hechicero. Debemos saber el porqué de la enfermedad, quién le causó ese mal. Y cuando alguien se muere,  tenemos que hacer una fiesta para el difunto, para que su espíritu vuelva y le adoremos. Y si una serpiente entra en nuestra casa, tenemos que adorarla, pues es el espíritu de un muerto que entró en ella. Y si hay una fiesta, tomamos cerveza y un poco de carne, lo ponemos detrás de la choza para que el muerto venga y lo coma.

-    Todo eso es cosa del diablo, les decía yo. Jesús no tiene nada que ver con esas cosas. Ustedes no tendrán que volver a hacer eso, si aceptan a Jesús.

-    El cristianismo es como echar agua en fuego. Apaga todo, pero no baja hasta la raíz de las cosas. Por eso es que guardamos nuestras tradiciones, ella si va a la raíz de todo.

-     No. Cristo es suficiente. Si tienen a Cristo, con eso basta.

 

Un día le oré  fervientemente al Señor: " Señor, por favor, sé conmigo en este día. Dame la sabiduría y el poder del Espíritu Santo en el culto de hoy. Dame las palabras y la autoridad para convencer a esos zulúes de que Jesús no es Dios sólo de blancos, de que Él no era un judío según la carne, más, si, el Hijo de Dios, que murió y resucitó al tercer día, que subió al cielo, que todo poder le fue dado, y que hoy no hay ningún nombre dado entre los hombres por el cual pueda salvarse. No importa la raza o el color, hay apenas un sólo camino para todos, y éste, es Jesús. Él es la verdad y la vida, y que nadie se acerca a ti a no ser por ÉL".

Preparé bien mi sermón, comencé con las profecías de Cristo en el Antiguo Testamento, que Isaías profetizó sobre la virgen hacía más de seiscientos años atrás, antes que el Mesías naciera. Les conté sobre todas las promesas y cómo ellas se cumplieron a su tiempo; eso era prueba de que las Escrituras eran verdaderas. Les dije cómo fue que Cristo, consecuentemente murió por nuestros pecados, resucitó y que no necesitamos ir hasta Su tumba. Que no adoramos a Mahoma, pues sus huesos todavía están ahí en la tumba. Que no adoramos a Buda, pues él murió y todo se terminó. Que si vamos a la tumba de Cristo, no encontraremos el menor vestigio de huesos, pues Él resucitó, subió a los cielos, y que tiene todo el poder. Dios ordena que todos crean en Jesús, les orienté a que dejaran sus hechiceros y curanderos, y que vinieran a Jesús, pues Él es inmutable, no cambia, y que de la misma manera que los demás venían a Él, también ellos debían acercarse en aquel día al Señor.

Casi no termino la predica ese día, cuando una zulú, anciana, se acerca a mi y me dice: "umfundisi, ¿es verdad lo que nos ha dicho?"

-        Le dije: si, es verdad.

-        ¿Jesús, el Dios de los blancos está vivo?

-        Sí.

-        ¿ y usted puede hablar con Él?

-        Claro, y usted también, si lo quiere. Eso es lo que llamamos orar. Todos pueden orar.

-       ¡OH! Estoy feliz, pues encontré finalmente alguien que adora a un Dios vivo. Tengo una hija ya grande que es enferma mental. Por favor, ¿usted no le podría pedir a su Dios que la sane?

 

Yo no sabía ni qué hacer, fui torpe en ese momento, al pensar que los había acorralado a ellos, sin pensar que el acorralado era yo. Y ahora no sabía cómo salir de esa situación. No era capaz de pedirle a Dios que sanara a esa mujer. Esa es una mujer muy sencilla, porque si fuera más inteligente yo le diría que no sabía cuál era la voluntad de Dios para ese cuadro, si quería sanar a su hija o no. Tal vez esa era la cruz que ella tenía que llevar, o quizá todavía no era el tiempo para que Dios la sanara.

Todos esos pensamientos cruzaron por mi mente. Si leemos la Biblia, ella nos orienta sobre la cruz que tenemos que cargar cada cual y que Dios tiene, de hecho, Su voluntad perfecta para con nosotros, y que también hay un tiempo determinado para todas las cosas. Así, pensé que si yo le explicaba todo eso a aquella mujer, que era tan simple, ella no lo entendería, más bien, la dejaría más confundida. Me sentí acorralado, sin saber qué hacer.

Exteriormente me mostré calmado, sin exteriorizar mi conflicto interno. Le pregunté si su hija estaba ahí en ese momento. Ella me dijo que se encontraba en la casa. Me sentí aliviado. Pensé que si tuviera otro tiempo pudiera trazar otro plan. Le pregunté dónde quedaba su casa y ella me dijo que estaba cerca de 1 Km. Le indagué si podíamos llegar en carro hasta allá, y me dijo que hasta la mitad del camino y que de ahí en adelante sería a pié. Bien, le dije, "deme un tiempo para terminar el culto y arreglar algunas cosas aquí en la iglesia, entonces nos iremos en el carro y caminaremos el resto del camino". Me comentó que era viuda y que tenía esa hija y un hijo, el cual trabajaba en Durban, era casado y ella vivía con su nuera.

Cuando llegamos a la choza, miré hacia adentro y le dije: "pero usted no me contó ni siquiera la mitad de lo que veo ahora". Encontré a la joven atada con alambre al poste de la cabaña. Ese alambre había cortado su brazo y la sangre todavía corría. Había cicatrices de otras heridas viejas y unas nuevas. La joven forzaba tanto para escaparse, que el alambre le penetraba la piel y hería sus brazos. Hablaba sin parar en otra lengua que no podía entenderse lo que decía. Entonces pregunté:

- ¿ por cuanto tiempo ella ha estado atada?

-    Durante las últimas tres semanas. Ella habla todo el tiempo, día y noche, no come ni duerme, los alimentos que le traemos, ella los tira contra la pared.

-    Pero ustedes la atan con algo muy  doloroso, es hasta inhumano, busquen algo más suave para atarla.

-    Ya intentamos con todo y ella los parte,  se desata y huye. Es difícil agarrarla de nuevo. Se mete en los sembrados de los vecinos y acaba con todo, y ellos se enojan con nosotros. Llegan aquí con perros y palos, la golpean, la maltratan y todo. Entonces ella se va para las montañas y no vuelve. Allá llueve mucho y hace mucho frío, y yo me quedo aquí sin saber nada de ella, y preocupada.

 Con lágrimas en los ojos la señora me miró y me dijo:

-   ¿Se imagina como sufre el corazón de una madre en tener una hija así? Mi hija se rompe las ropas y anda desnuda por las calles. Ella es muy violenta, cuando está por aquí suelta, todos se encierran y no la quieren ver. Si llega a morder a alguien, los agarra y no los deja ir, hasta que venga alguien más fuerte y lo libere de las manos de ese ser. Hasta entra en los colegios, y asusta a los alumnos, que a su vez, salen volando por las ventanas y puertas, apenas se dan cuenta que es ella.

Después de todo me enteré que hasta el jefe de la tribu reunió el comité, y la llamó para decir que no podían seguir con esa joven loca ahí con ellos. Ella me dijo ese día que ya no tenía ni siquiera una vaca, o una cabra o un cabrito. Tuvo que sacrificar sus animales a los espíritus, y otros, los vendió para pagar a los curanderos. Esa mujer se quedó sin nada, y ya no sabía qué hacer.

-    No aguanto mas, estoy a punto de enloquecerme, decía. Creo que Dios lo envió a usted, pastor, para ayudarme. Y ahora le quiero decir que (se soltó en llanto), muchas veces he sido tentada en agarrar un cuchillo y cortarle la garganta a ella. Pero antes de hacerlo, algo me dice que eso sería un crimen horrible, y que no lo debo hacer.

 En confidencia un día me dijo que pensaba hasta en el suicidio, pero, analizaba mejor y sabía que nadie cuidaría a su hija. No había solución para sus problemas. Con lágrimas en los ojos me dijo que estaba feliz por haber encontrado a un hombre que sirve a un Dios vivo, y que ahora tenía esperanza en su corazón por la sanidad de su hija.

Les confieso que mi corazón estaba casi roto, y oré en lo oculto: "OH Señor, tú eres el mismo de ayer; ¿será que no puedes hacer algo?" Busqué a tres amigos míos y les compartí la experiencia. Les pregunté si querían sumar fuerza conmigo y orar por la libertad de aquella joven. Ellos dijeron que si. Hablé con mis padres y les pedí un cuarto en la hacienda donde pudiéramos dejarla, mientras clamábamos por ella. Ellos permitieron prontamente y fui con algunos hombres  a recogerla.

Toda la tribu se enteró de lo sucedido. Yo le dije a mis amigos: "amigos, hace 6 años que estamos orando por un avivamiento y no lo vemos. ¡Quién sabe si, esto será la mecha para prender el fuego! Si esta joven es libre, puede ser que el avivamiento que hemos estado esperando se desate, pues cada persona de esta tribu la conoce, desde el jefe hasta los niños. ¡Qué victoria para el Señor será esto! Entonces ellos se darán cuenta que sus dioses no los pude socorrer, más, Jesús si lo puede".

Arreglamos el cuarto y trajimos a la joven, quien mal entró y ya partió las sillas, volteó la mesa, y tuvimos que sacarlo todo, dejando apenas el colchón, una sábana y una cobija. Ella entonces se lanzó a partir el marco de la ventana, después de pocas horas ese cuarto parecía un chiquero no sólo de un cerdo, sino de varios. Oramos día y noche por tres semanas, finalizando, la joven no fue curada, y yo, a punto de una crisis nerviosa. Ella cantaba himnos y coros satánicos. Alguien me dijo que invocara la sangre de Cristo que el diablo huiría y correría en el nombre de Jesús. No nos resultó, pues ella cantaba blasfemando la sangre de Cristo y la muerte del Señor Jesús, como los demonios lo hacen. Ella se sentaba desnuda, sobre su propia inmundicia blasfemando, pisando con los pies descalzos sobre el concreto, como alguien que agarra una porra y le pega al concreto para romperlo. Eso seguía por mucho tiempo, mientras blasfemaba.

Después de tres semanas yo pensé: " no lo puedo entender; la Biblia lo dice así, pero no funciona, en la teoría bien, pero mal en la práctica." Me sentí desilusionado. Hay personas intelectuales en este mundo que dicen que no existe un creador del universo, que no hay Dios. Dicen que hace muchos años atrás éramos peces, que se volvieron renacuajos, después ranas, después mico, enseguida un gorila, que se convirtió en hombre. De esa manera esos intelectuales les cuentan la historia, incluyendo fecha y todo. Pero no hay fósiles de esa transición, hace falta los vínculos de ella. Hace mucho, y muchos lo recuerdan, el profesor Smith tomó a un pez, el "Coelacantus" y pensaron que ese era el vínculo perdido, pero se avergonzaron cuando se dieron cuenta de que no lo era. Así me sentía yo, como un evolucionista, decepcionado. Teóricamente funciona, pero en la práctica no. "Y ahora, ¿qué haré? Tendré que tomar la muchacha y entregarla a la madre y decir que ella no fue sanada."

Todos sabían que los creyentes estaban orando por aquella chica, ellos escucharon cuando yo les dije que abandonaran a sus ídolos, hechiceros y curanderos, que no hicieran sacrificios pues Cristo era la respuesta para todo tipo de problema. Ellos sólo estaban esperando ver el resultado, y el Dios de los creyentes falló. Y habíamos orado con mucha seriedad, diciéndole al Señor que no era nuestro nombre que estaba en problema, sino el de ÉL, pues la gente no diría que nosotros fallamos, sino que Nuestro Dios falló. Entretanto, el cielo era como de bronce, y nuestros ruegos no tenían respuesta. Yo no podía comprender, y decidimos volver con la chica. Pero antes de hacerlo oré y le dije al Señor: " Mi Dios, ahora clamo para que me traslades a otro lugar, el que sea, pues ya no puedo seguir aquí, predicando a ese pueblo. Debo ser honesto con ellos, no puedo decir que funciona, algo que no funciona, que no es verdad. Además, debo ser honesto conmigo mismo, pues tengo un corazón y una conciencia, los cuales no pueden disculparme".

Yo no quería decir a los zulúes que no había un Dios o que el cristianismo no funciona. Ese era un problema que yo no podía resolver. Pensé simplemente en partir e irme a otro pueblo; pero con la decisión de nunca más predicar de la manera en que lo hice allí, para terminar de forma tan horrenda.

De allí en adelante ya en mi ministerio no le creería a la Biblia de tapa a tapa. Si, era la Palabra de Dios y todo su contenido era verdad. Pero, de pronto dije: "no, mitad es verdad y mitad es irreal." Y si alguno no estuviera de acuerdo con mi corriente de pensamiento yo le diría un "no". Seguí como un necio, queriendo juzgarlo todo, seleccionando las porciones de la Palabra, las que eran para tiempos pasados, las que eran para los días actuales, y que las cosas cambiaron y  no toda la Palabra se puede aplicar a los días de hoy.

Yo había predicado el evangelio durante todos aquellos años, y a veces centenas de personas hacían la oración de fe y aceptaban a Cristo. Después analizaba la vida de ellos, y seguían en la vida de pecado. Algunos jóvenes mirando revistas pornográficas, otros leyendo libros indebidos, otros hasta compraban afiches de mujeres desnudas. Y supuestamente habían aceptado a Cristo.

Empecé a reflexionar sobre ese asunto. Jesús le había dicho a la mujer samaritana: "Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás;" Pensé luego que eso no era verdad, pues en mi concepción no existe en la tierra ni pueblo ni raza que tenga más sed que los creyentes. Algunos tienen sed del pecado, y si no  puede cometerlos directamente, los cometen indirectamente. Si no lo hacen abiertamente, lo hacen en lo oculto. ¡Y son personas que vinieron a Cristo! Sólo que todavía tienen sed; unos, del cigarrillo, otros, del alcohol, otros, del sexo y otras cosas más. Todo eso pensaba yo.

Algunas personas hasta llegaban a preguntar: " ¿Por qué no podemos ir a las discotecas para danzar y aprovechar de la vida como las demás personas?" y los padres, si es que no tienen tales inclinaciones, tendrán dificultades para domar a sus "animalitos"  y tenerlos en casa. Y se supone que son creyentes. "No, eso no es verdad." Pensé conmigo que Jesús cometió un grave engaño al pronunciar esas palabras. La verdad, yo no creía que Jesús se había equivocado, y si, los que transcribieron eso. Fuera Juan el que cometió tal atrocidad al no ser fiel en lo que el Maestro había dicho. Esas personas se habían acercado a mí en respuesta al mensaje predicado, para que orara por sus necesidades, aceptaron a Cristo, pero seguían con la sed. Bastaba con mirarlos en su exterior, con la ropa de los mundanos.

La Biblia dice que no debemos andar como el mundo, ni conformarnos con él. Pero, hoy día si hay un creyente y un mundano caminando por la calle no se sabe quien es quien. Y la Biblia lo dice: " no os conforméis con este mundo". Yo sabía que eso no era verdad en la práctica, y que, por lo tanto, aquel versículo de la Biblia no era verdad. Había muchos versículos en los cuales yo decía que no era verdad. Yo no le creía nada de lo que leía, sólo creía en lo que estaba viviendo, en lo que oía.

Seguí predicando por seis años más. En total fueron doce años, y después de eso, me vine para Mapumulo; me senté y empecé a pensar y acordarme de lo que Dios había dicho, al llamarme al ministerio, para predicar Su evangelio. Le dije al Señor: "Dios, si voy a predicar el evangelio, no quiero jugar a ser pastor de iglesia. No tengo el tiempo para eso, prefiero ganar dinero." Y ahora  yo me preguntaba: "Erlo, por Dios, ¿qué has hecho en estos últimos doce años? ¿  Jugaste a ser pastor de iglesia  todo el tiempo?" Por doce años yo prediqué el evangelio, y no podía señalar ni siquiera a doce personas que fueran cambiadas tal como lo dice la Biblia. No era posible ni siquiera doce personas. Y entendí lo cierto que dice la Biblia que en los postreros días vendrá tiempos difíciles, donde las personas aparentarán tener piedad, más, negarán Su poder. Y aún dice que se debe apartar de los tales. Yo no tenía el poder, por lo tanto no podía seguir de la misma forma. Veía a otros que, aparentemente disfrutaban de la vida, ganando dinero, y yo, un pobre misionero que predicaba algo que no funcionaba.

 

LAS REUNIONES DE ORACIÓN EN MAPUMULO

 

En cierta ocasión, durante ese período de fracaso en el ministerio, reuní a una congregación de zulúes que habían en Mapumulo y les confesé: "Estoy derrotado, no puedo seguir de esa misma forma." Yo siempre usaba teología para excusar ciertas cosas, y decía que los zulúes no estaban viviendo de la manera correcta por ser ellos ignorantes. Pensaba que si ellos tuviesen más cultura, si hubiesen estudiado, entenderían la verdad y tomarían posesión de ella. Ellos eran muy primitivos e ignorantes, por eso no la podían entender. Pero, había trozos de la Biblia que yo no los podía olvidar. El Señor Jesús, un cierto día, tomó a un niño, le trajo a sus discípulos y les dijo: "el que no sea como un niño no puede ver el reino de los cielos." Y eso es lo que cada creyente, cada persona, cada pastor, cada teólogo debería tener en el corazón. Nadie, ni en el pasado, tampoco en el futuro, logrará entrar en el reino de los cielos, sin que se haga como un niño. Comprendí así, que debía olvidar toda mi sabiduría y leer la Biblia como un niño. Le pregunté a los zulúes en aquella reunión si ellos querían congregarse todas las mañanas, a las siete para hacer un estudio bíblico, y todas las tardes a las cinco, o sea, dos cultos diarios. El propósito era leer la Biblia como los niños, sin la preocupación de explicaciones que sirvieran de disculpas o justificaciones, simplemente aceptando la Palabra, tal y como estaba escrita. Y, decía: "si Dios es Dios de verdad, y la Biblia es Su Palabra, vamos a ver si eso funciona." Ellos concordaron, y  de esa manera empezamos.

 

Cuando nos reunimos en Mapumulo, a finales de 1966, para los estudios bíblicos, teníamos que escoger un libro para estudiarlo. No queríamos tomar un versículo aquí y el otro allá, como niños traviesos que toman una torta y la parte, buscando las  pasas de uvas y otras golosinas que puedan haber. Podemos tolerar que un niño actúe así, pero a un adulto, eso es absurdo. Eso no es ser como un niño; eso es ser infantil. Algunas personas tienen sus versículos preferidos en la Biblia, los cita, los usa y sobre ellos construyen enormes edificios doctrinarios, por ejemplo, los "testigos de Jehová"; lo que ellos saben solamente es que Dios es un Dios de amor, y saltan inmediatamente a la conclusión de que no puede haber infierno.

Yo les dije a los zulúes que no procederíamos de la misma manera, que si fuéramos a leer la Biblia, lo haríamos de un todo, no saltando de un texto a otro. Que escogeríamos un libro y lo haríamos desde su primer versículo hasta el último. De esa manera, tendríamos el cuadro completo de los hechos. Los zulúes tienen un cuento sobre tres ciegos que querían ver a un elefante. Alguien vino y les dijo: - está bien, los voy a llevar al zoológico.

Apenas llegaron los llevaron cerca del elefante. Este era enorme, pero manso. Entonces los tres ciegos dijeron que querían dar tres pasos hacia delante para verlo de cerca. Como sabemos, un ciego no ve con los ojos, pero si, con el tacto. El primer se acercó y tocó el elefante, y el animal no se movió. El se agarró de una de las patas traseras y dijo:- ¡ah, así es un elefante! El segundo se acercó y le tocó la barriga del elefante y dijo:- ¿eso es lo que dicen ser un elefante? El tercer ciego vino y tocó la trompa del elefante.

Todos quedaran muy alegres pues finalmente  habían visto a un elefante. Regresaran contentos a la casa y alguien les preguntó: - ¿ustedes vieron al elefante?

-      Si, contestaron felices.

-      Entonces, ¿cómo es un elefante?

El primero les dijo: - es como un tronco de un árbol muy grande.

El segundo les refutó: - oiga, usted no vio a un elefante, pues no es así. Un elefante es como un globo enorme.

El tercer ciego les dijo:- ninguno de ustedes estuvo allá, yo lo toqué y vi que un elefante es como una enorme manguera de jardín.

Entonces empezaron a discutir. Los tres habían visto el elefante, sólo que vieron una parte del animal; cada cual tocó una parte diferente. Nosotros no queríamos ser como aquellos tres ciegos. Los creyentes también podemos ser ciegos en algunas áreas de nuestras vidas.

Decidimos escoger un libro y por alguna razón empezamos por los Hechos de los Apóstoles. Yo siempre tuve una predilección por la iglesia primitiva. Nadie puede leer la historia de la iglesia primitiva sin que sea tocado. Comenzamos por el primer versículo del primer capítulo, y desde ahí el Señor inundó nuestros corazones. El primer versículo comienza así: "En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar." Él les dijo respecto a lo que Jesús comenzó a enseñar en Lucas; y el libro de los Hechos es una continuación de lo que Jesús hizo cuando estuvo aquí en el mundo. Su ministerio terrenal fue sólo el inicio de lo que hizo, pues no terminó con Su muerte, en realidad, Él les dijo a los discípulos: "desearía cumplir aquello a lo que vine." Y dijo aún: "Fuego vine a echar en la tierra; ¿Y qué quiero, si ya se ha encendido?"  y aun decía: " Oh, como lo anhelo, como deseo encenderlo, pero no lo puedo hacer. Tengo un bautismo con el cual debo ser bautizado primero." No era el bautismo en agua; se trataba del bautismo del sufrimiento y muerte de cruz. El Señor no podía encender la llama del Espíritu Santo sin que antes padeciera la muerte de cruz. Por eso fue que dijo que anhelaba esa llama, pero que no la podía encender todavía. Tendría que aun ser bautizado con el sufrimiento en el Getsemaní, donde sudó gotas de sangre y enseguida fue colgado en la cruz. Esa es la razón por la cual Jesucristo vino al mundo: para prender la llama. Después de morir, resucitar, subir al cielo, finalmente podía cumplir con lo que vino a hacer, y dar seguimiento a Su obra. Esa obra que no se terminó con Su muerte; eso fue apenas el comienzo. Ahora Él la podía continuar en la plenitud de Su poder, sentado a la diestra del Padre, y finalmente encender aquel fuego tan deseado por tanto tiempo. Eventualmente el momento llegó y nosotros lo vemos trabajando en el mundo en el poder de Su resurrección, en Su fuerza  Todopoderosa, actuando en sus discípulos.

También leemos en Hechos de los Apóstoles, en el Día de Pentecostés, después de la venida del Espíritu sobre los discípulos, algunos de los espectadores dijeron: "estos están llenos de mosto, por eso actúan de esa forma." Intentaron hacerlos como tontos y hablar mal de ellos. Eso siempre va a ocurrir dondequiera que Dios esté trabajando. Pero Pedro les dijo: "Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Más esto es lo dicho por el profeta Joel:

    "Y en los postreros días, dice Dios,

Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne,

Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;

Vuestros jóvenes verán visiones,

Y vuestros ancianos soñarán sueños;

Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días

Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán."

Cuando leímos ese pasaje en la reunión en Mapumulo, dijimos: "hoy es mucho más que los últimos días que hacen dos mil años atrás. Y si esa promesa podía ser para ellos, mucho más para nosotros." No era necesario nada más para darnos cuenta que estábamos viviendo en la dispensación de la iglesia primitiva. Entendimos que esta no había llegado a su fin, que eso sólo se dará cuando Cristo viniere a buscar a Su novia. Espiritualmente hablando, estamos viviendo en la semana. La Palabra dice que para Dios, un día es como mil años, y mil años es como un día. Entonces, dos mil años son apenas dos días, eso quiere decir que el Pentecostés fue apenas antes de ayer, y que no hemos llegado ni siquiera a la mitad de la semana. De esa manera, concluimos que aquello también era para nosotros.

Cuanto más avanzábamos, más nuestros corazones se quebrantaban. Leímos en Lucas que el Señor había prohibido a sus discípulos de predicar el evangelio, hasta que descendiera sobre ellos el bautismo de fuego; no era el bautismo que Juan hablara. Hoy día hay muchas disputas sobre el bautismo en aguas. Me acuerdo de la palabra del doctor Edwin Orr, en 1952 o 53, en Pretoria, en un enorme culto al aire libre. Él hizo algo raro; invitó a un pastor de una iglesia reformada que pasara hacia delante, juntamente con un bautista y les preguntó: en un bautismo, ¿cuál de ustedes usa más agua? Yo pensé: no puede ser.¿ Cómo es posible que un doctor formule tal pregunta? Más, él prosiguió: "vea, no hace diferencia la cantidad de agua que se utilice, pues, lamentablemente la lengua sigue seca."

El bautismo en agua no transforma la lengua. Niños bautizados en la infancia, o adultos, que a veces dicen cosas que no deberían estar en los labios de un cristiano. El bautismo con fuego tiene mayor eficacia. Según la Biblia, Juan el Bautista es el mayor entre  los nacidos de mujer. Vemos a Isaías, Moisés, Abraham y otros grandes hombres de Dios. Pero Jesús dijo que ninguno de ellos era tan grande como Juan. Podemos preguntar entonces, ¿en qué consiste tal grandeza?

No sabemos de ningún milagro que él haya hecho, ni siquiera un ciego que haya recibido la cura por Juan el Bautista, tampoco conocemos de un cojo que caminó en su ministerio. Así que, ¿dónde está su grandeza? Creo que consiste en eso: a pesar de ser considerado el mayor, declaró que después de él vendría uno el cual él no era digno ni siquiera de desatar sus sandalias. ¿ En qué sentido era el Señor mayor que Juan? Juan da sus motivos: "Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego." Sabemos como es el fuego. Si tomamos un hierro o un metal y lo metemos al fuego, eso se pondrá rojo y enseguida, se pondrá blanco. No es como la pintura que queda sólo en la superficie; el fuego penetra adentro. Por lo tanto, si una persona es bautizada en el Espíritu Santo, ese fuego penetra en su lengua, en su vida, penetra en todo su ser.

Jesús les dijo a sus discípulos que quedasen en Jerusalén hasta que de lo alto fuesen revestidos de poder. Les dijo que aun lo que oyeron de Juan, sobre el bautismo que él mencionara, que cuando el Espíritu viniera ellos pasarían a ser testigos de ese poder. En verdad, había una razón especial, cuando les dio esa promesa y les ordenó permanecer en Jerusalén. Quizá si Jesús no les hubiese dicho eso, ellos hubiesen huido. Cuando el camino es difícil preferimos huir. Niños que creen que sus papás son muy exigentes, tienen ganas de huir. Y hay quienes pasean de una iglesia a otra, porque dicen que el trato es muy duro. La verdad es que si alguien no es una bendición donde esté, acaba siendo de maldición dondequiera que vaya. Los zulúes dicen que si ponemos una papa dañada en un canasto donde hay papas buenas, ni siquiera así la dañada se vuelve buena. Antes, echa a perder a las que estaban en buen estado. Si no tenemos éxito donde estamos, no hay garantía de que seremos bendición en otra parte, sólo porque cambiamos de lugar. Por eso, es bueno que alguien eche raíces primero donde está, y que no se mueva hasta que el Señor lo determine.

Jesús les dijo a sus discípulos que permaneciesen en Jerusalén, lugar para ellos difícil de estar, pues allá los judíos llevaron al Señor a la cruz. Y ellos allí, se escondían tras las puertas, temiendo también por sus vidas. Así que para ellos era el peor lugar para estar. Pero Cristo les dio la orden de quedarse allá hasta que de lo alto fuesen revestidos de poder. Cuando ellos le preguntaron al Señor si aquel era el tiempo en que restauraría a Israel Él los reprendió severamente, diciéndoles que no les competía saber tal cosa, que sólo recibirían el poder cuando viniera el Espíritu Santo. Es posible que haya personas que se sienten a los pies de Jesús, y se distraigan con cosas que no son de la voluntad del Señor. ¿Y de qué nos sirve, amigos,  estar ocupados con profecías, si no tenemos el poder  del Espíritu Santo para hacer lo que se debe y para ser lo que  debemos ser? Creo que no ha habido época en la historia donde más se hable del Espíritu Santo que en los días actuales. En todo el mundo se habla de eso. Al mismo tiempo me atrevo decir que las personas de este tiempo son las más ignorantes acerca del tema.

En tiempos atrás, cuando estuve en Holanda, después de una serie de predicaciones sobre el avivamiento un profesor se puso de pie y dijo: "nunca pude imaginar que por tanto tiempo sostuve ideas erróneas acerca del reavivamiento; siempre pensé que eso tenia que ver con mucho ruido." Aun que eso siempre suceda, personas pensarán que están llenos de mosto, cuando en realidad están llenos del Espíritu Santo. Yo lo he probado y doy testimonio de esto: cuando el Espíritu de Dios está realmente actuando, esos son los momentos más silenciosos en la vida de la persona o de la iglesia. El Señor dijo que habría una señal, cuando el Espíritu tomara a alguien, y es que esa persona recibiría poder. Y si hay que ver señal, aceptamos este, que Jesús mismo lo habló. Poder en griego es  "dúnamis" y me gusta pensar en la dinamita, la cual tiene poder que no se usa en arena o en tierra que fue arada; se usa en la roca, la cual se despedaza totalmente. El poder del Espíritu Santo es usado en locales tan duros como el granito o como la roca. Ahí es donde actúa con más vehemencia.

Jesús les dijo a sus discípulos que recibirían poder para ser testigos. ¿Qué es ser testigos? Alguien que da testimonio de lo que ha visto o que ha oído. En griego la palabra usada para testimonio es "mártus" que también significa mártir. Eso quiere decir que una persona está dispuesta a ir hasta las últimas consecuencias por su testimonio. En otras palabras, Jesús prometió que cuando el Espíritu Santo viniera sobre ellos, tendría ya capacidad para soportar hasta la muerte, tendrían poder para morir. ¡Qué cosa extraña! Debíamos decir poder para vivir; entre tanto, recibirían poder para morir. Bueno, es claro que hoy día no morimos en Sur África por amor a Cristo. Hay que ir hasta Rusia para ser un mártir. Pero, podemos ser unos mártires aquí, en el sentido original del griego, que es dar testimonio de lo visto u oído. En hebreo hay otra palabra: "aun no has resistido al pecado hasta la muerte, a punto de derramar sangre." ¿Qué significa tal expresión? Es que alguien pueda decir que prefiera morir que contar una mentira, que adulterar, que ser un hipócrita o un cobarde, que ser infiel al Señor, que robar. Eso es ser un verdadero mártir.

Tal es el significado de recibir poder para ser testigo, para ser un mártir por amor al Señor Jesús.  Pedro negó al Señor, pero, después que recibió poder nunca más lo negó, más bien, estaba preparado para morir por Su causa. De hecho, según la historia, Pedro murió crucificado diciendo: "no soy digno de morir como el Maestro; prefiero que me cuelguen en la cruz de cabeza hacia abajo." Él fue un testigo, que tenía el poder del Espíritu Santo y podía morir por Jesús. Podía morir por aquella verdad, morir por el mismo Dios, y lo hizo con el poder. Pero, ser mártir por Jesús no significa estar preparado para enfrentarse solamente a la muerte física. Pablo decía que todos los días moría. Él moría diariamente, y, alguien necesita tener el poder en el Espíritu para ser capaz de morir así. ¿ Cómo morimos diariamente? Jesús murió en el Getsemaní cuando sudó sangre y exclamó diciendo: "que no se haga mi voluntad, pero, que sea hecha Tu voluntad." Él murió a sí mismo, antes de morir físicamente en la cruz. Él murió por amor al Padre. Y así es que morimos a nosotros mismos, negándonos a nosotros mismos, en vez de buscar nuestros propios intereses. No existe nada tan difícil como esto, pero si tenemos el poder del Espíritu Santo seremos capaces de hacerlo. El poder del Espíritu también se manifiesta de otras maneras. Si miramos a los discípulos vemos que ellos recibieron tal poder. Pedro y Juan fueron al templo a orar. Cierto lisiado estaba sentado a la puerta del templo, y Pedro solamente le dijo, en respuesta a su petición: "en el nombre de Jesucristo, levántate y anda." Y aquel hombre se levantó. Nótese lo que Pedro le dijo: "no tengo oro ni plata, pero de lo que tengo te doy." Él estaba con Juan cuando dijo: " mira hacia nosotros." Pero, al decir de lo que tenía, no lo dijo en plural, sino en el singular, de lo que él tenía. Juan no  tenía poder para sanidad a enfermos, no hay ningún texto que hable sobre eso en la vida de Juan. Pero, él también tenía el poder del Espíritu Santo, tal y como Pedro. El ministerio de ambos era diferente. Pedro, oraba por sanidades, pero, si preguntamos sobre el poder y autoridad que Juan tenía, lo veremos andando por las iglesias, enseñando a los creyentes sobre el amor, y a que sean uno en Cristo Jesús. Juan experimentó el poder del Espíritu Santo de tal forma, que les escribió una carta diciendo: "Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio." Este texto deja a algunos teólogos medio confundidos, diciendo que Juan no debió haber hablado así. Es mejor que Juan y los discípulos ya estén muertos, pues, con nuestras actitudes acabaríamos por martirizarlos también. Así es que entendemos porqué  aquel pueblo pudo haber cortado la cabeza a Juan el Bautista. Quizá nosotros lo hubiéramos decapitado primero que ellos. Con leer lo que Juan el Bautista escribe en Mateo 3, ¿ podemos imaginar al pastor de nuestra iglesia predicando así? Juan, el apóstol no tenía el don de la sanidad, como Pedro, pero había probado el poder de Dios de tal manera, que no podía comprender como un nacido de Dios todavía mentía, robaba o tenía amistad con el mundo. Eso no le cabía en  la mente. Por eso es que digo que mejor que él esté muerto, si no, de pronto muchos no escucharían lo que digo. Lo que Juan entendía es que un nacido de nuevo debía y tenía el poder para vencer al pecado. Esta es una victoria formidable, vencer al pecado. No solamente recibir una sanidad de un resfriado, un dolor de cabeza, pero, ser victorioso sobre el pecado,  andar de victoria en victoria. Eso sí es poder. Eso es lo que el Señor quería decir al mencionar que recibiríamos poder cuando el Espíritu viniera sobre nosotros.

Amigos, ¿a qué punto nos volvemos superficiales hoy día? Si alguien habla en lenguas, creemos que está lleno del Espíritu, aun cuando mienta o viva en la inmoralidad. La verdad es otra, si nos detenemos para leer la Biblia.

Cuanto más avanzábamos en la lectura de los Hechos, tanto más se quebrantaban nuestros corazones. Llegamos al texto donde dice que Pedro, Juan, Santiago, Felipe y los demás fueron al aposento alto y allí oraban, junto con las mujeres y los hermanos del Señor, quienes al principio no creían que Jesús era el Mesías. Leímos que todos perseveraban en común acuerdo, en oraciones súplicas. Aun el Pentecostés no había acontecido, ellos todavía no estaban llenos del Espíritu. Más, la muerte y resurrección de Jesús era suficiente para hacerlos permanecer unidos, de tal forma, que oraban en común acuerdo en el aposento alto. La muerte del Señor, la cruz y la resurrección fueron suficientes para unirlos. Para mi este es el mayor milagro. Lo normal es ver creyentes peleando entre sí, hablando mal el uno del otro en las espaldas. El uno mata al otro no con obras de hechicerías, más con la lengua. Aun así, la muerte del Señor había penetrado tan profundamente en los corazones de los discípulos, que podían acercarse a Dios. Y Dios pudo hablar a través de Lucas, en Hechos, que había una perfecta unión entre ellos. La cruz de Cristo entró en aquellas vidas y logró la unión. ¿Hasta qué punto la cruz de Cristo ha entrado en tu corazón? La cruz trata con la enemistad, y actuó de esa manera, en la vida de ellos. Como resultado ellos podían ser uno.

Después leímos que en el día de Pentecostés tres mil personas se convirtieron. Cuando el Espíritu descendió hizo exactamente lo que su nombre significa, el Consolador, que en griego es "parakletos". Significa aquel que desciende a nosotros, que se pone a nuestro lado, con su hombro (en sentido figurado) junto al nuestro. En otras palabras, Él se baja a nuestro nivel y usa nuestro lenguaje. Eso fue lo que sucedió en el Pentecostés. Cada creyente podía oír en su propio idioma lo que Dios les decía. Este es el Parakletos, el que habla nuestra propia lengua. Podemos hablar la misma lengua, estando en mundos diferentes. Existe la lengua del teólogo, del estudiante, del universitario, del ganadero, del pastor. Hablamos siempre lenguas diferentes, tanto que a veces no logramos entendernos. Más, cuando el Espíritu Santo viene, Él pudo hablar tanto en la lengua del curandero, como de la hechicera, del erudito como del ignorante, del educado como del que no tiene cultura. No importa la raza, el Espíritu habla de forma que todos lo entiendan, hasta un niño lo entiende. Y eso fue lo que literalmente sucedió en el Pentecostés.

Es bueno interpretar correctamente la Palabra de Dios. En cierta ocasión, oí de un predicador famoso, que estaba en conferencia en cierta ciudad. En pleno culto él le dijo a la congregación: " Oremos ahora como los discípulos lo hicieron en el Pentecostés, todos hablando en diferentes lenguas." Entonces toda la iglesia empezó a hablar en lenguas distintas. Los hindúes pasaron y no oyeron a ninguno hablando en su lengua, los musulmanes tampoco escucharon la de ellos, los zulúes, mucho menos. En Pentecostés los discípulos hablaron en la lengua de los que pasaban, de los que estaban presentes, y todos podían entender. No estoy en contra del hablar en lenguas, pues no estaría en contra de algo que Dios lo estableció en la Biblia. Si es de Dios y es verdadero, bienvenido sea. Pero la Biblia dice que debemos manejar correctamente la Palabra. Debemos exponer de manera correcta la enseñanza sobre las lenguas, sino, no podremos entender por qué la vida de ciertas personas que dicen tener ese don no son vidas rectas.

En el Pentecostés los moradores y visitantes de Jerusalén cuando oyeron el mensaje, sus corazones se conmovieron. Tres mil entre ellos se arrepintieron. Nos han dicho que esa gente se reunía diariamente, y todos los días el Señor añadía el número de los que se habían de salvar. Permanecían juntos y todos tenían un sólo corazón y una sola alma. ¡ Qué milagro! Eran millones de personas. Yo creo que había mujeres y hasta jóvenes entre ellos, pero todos en común acuerdo, en un sólo corazón y mente. Generalmente oímos a ciertos creyentes diciendo: "menos mal que no tengo que vivir con fulanito de la iglesia. Él me fastidia, habla demasiado, y es mejor que sólo el pastor hable durante el culto. Después de la reunión, afortunadamente fulanito se va y ya no lo veo, pues de lo contrario no sé si lograría convivir con él." Aquella gente era diferente. Se reunían diariamente, estaban juntos, tenían un sólo corazón. Ellos no tenían apenas un mismo uniforme, tampoco eran solamente de la misma congregación. En  lo más profundo de sus corazones ellos eran uno. En Mapumulo, en la época de esos estudios de los Hechos, apenas éramos veinte, treinta o cuarenta personas, pero, ya había entre nosotros algunas divisiones. Cada vez que los iba a visitar, yo les servía de pacificador, pues  uno no soportaba  al otro, tenían siempre algo en contra del otro, y hasta reclamaban de maltrato. El uno criticaba al otro, tenían algo contra los demás, pero no les decía en la cara, sino que iba a hablar mal a sus amigos. Otros criticaban los pecados del prójimo, sin mirar los suyos, viviendo una vida doble, con dos medidas. Un verdadero hipócrita. Sólo necesitamos leer el relato del Pentecostés para darnos cuenta de cuantos grupos de lenguas diferentes habían allá. Todos ellos, pese a culturas diferentes, tenían un mismo corazón y una sola mente. ¡ Qué milagro!

Vemos aun, que los discípulos oraron y, en esa, ocasión, el local donde estaban reunidos tembló. No es de admirarse que se diga que la oración de un pueblo así, haya afectado al mundo. ¿Se ha visto una época en que se haga tantas oraciones o reuniones de oración  como la de hoy?  Pero todavía el mundo no ha temblado y no se afectará jamás, a menos que los creyentes sean más afectados por eso. Oramos y no afectamos al mundo, y terminamos por ser más bien, afectados por él. ¿Ahora comprenden por qué sus propios hijos terminan por afectarlos? Hasta la misma congregación muchas veces nos afecta. Aun en la iglesia existen personas que hacen de su matrimonio la cosa más importante de sus vidas; otras que dicen ser cristianas y viven bajo el efecto del alcohol. ¡ Y supuestamente son miembros de la iglesia! Es posible comprender ahora nuestra reacción y la de la congregación de los zulúes de Mapumulo en 1966, cuando estudiábamos la iglesia primitiva. Sentíamos que la misma estaba lejos de nosotros no sólo dos mil años, pero como la distancia de Norte a Sur. ¡Qué diferencia!

Cuando vimos el relato de la vida de los apóstoles, tuvimos la impresión de que Jesús no era apenas un pasatiempo para ellos, como algo de un fin de semana. Eso era ya la propia vida de ellos. Cada día de sus vidas Jesús era el todo. Algunos creyentes de la iglesia apostólica llegaron a tal punto que vendieron sus propiedades, sus haciendas, y traían la renta a los pies de los apóstoles. Todo eso porque Jesús significaba más que cualquier cosa en el mundo para ellos. De esa forma vivían para el Señor, reunidos diariamente y teniendo todo en común. Y no eran comunistas. Puede ser que los comunistas intenten imitar a la iglesia primitiva, más, sin Jesús no funciona. Ninguno de los discípulos decía que tal cosa le pertenecía, no eran egoístas, no pensaban en lo de ellos jamás. Ellos estaban llenos del Espíritu Santo. En eso percibimos cuando alguien está lleno del Espíritu. La persona no vive para sí, sino para el prójimo. Eso es lo que concluimos mirando la vida de la iglesia primitiva. Siguiendo con nuestra investigación nos dimos con las dificultades enfrentadas por la iglesia de Jerusalén. Satanás no descansa, acercándose, llenó el corazón de Ananías (Hch.5). El enemigo también quiere llenar nuestros corazones, con deseo de hacer lo que es incorrecto. La Biblia nos dice que nosotros los creyentes no debemos dar lugar al diablo. Por eso, no me venga con el cuento de que el diablo no puede entrar en el corazón de un creyente. Si alguien dice tal cosa, no sabe de lo que está hablando. La propia Biblia lo dice: " no deis lugar al diablo." Es posible, lamentablemente, que un nacido de nuevo, mienta, aun cuando le llame de "mentira santa". Cuando eso ocurre es porque el diablo ya entró en su corazón. Es claro que un creyente no puede quedar poseído de demonios, pero, el diablo puede llenar su corazón con tentaciones. Eso fue lo que le sucedió a Ananías. Se había puesto de acuerdo con su esposa para vender su propiedad, tal y como lo estaban haciendo los demás creyentes. No sabemos el motivo, ni siquiera de quien vino la idea, pero uno de los dos empezó todo. Y como ya algunos habían hecho eso, dijeron: "si, es algo bueno; hagámoslo también." Nosotros los cristianos somos buenos imitadores. Si alguien hace cualquier cosa, lo queremos hacer también, aun sin saber el porqué. El profeta Isaías dijo que todos andábamos como ovejas, y es cierto, porque la que viene atrás siempre hace lo mismo de  la que fue adelante. Así, ellos vendieron su propiedad. De pronto hasta habían orado a ese favor. Dios les envió comprador, y ellos, de alguna manera concordaron en no llevar el monto total de la venta a los discípulos. Decidieron guardar una parte y hacer de cuenta de que habían dado todo. No sabemos qué fue lo que los motivó a hacer tal cosa. De pronto dijeron: "ya nos volvemos viejos, es mejor tener una reserva por si acaso." Lo cierto es que ambos decidieron secretamente llevar sólo una parte de la venta a los discípulos, y reservaron el restante. Y Ananías se fue con algún dinero. Cuando llegó ante los discípulos, puso el dinero a sus pies, y Pedro, lleno del Espíritu Santo, luego vio que algo andaba mal. Rápidamente Pedro lo interrogó: - ¿eso fue lo que obtuvo con la venta de la hacienda?

-         Si, dijo Ananías.

-         ¿Por qué permitiste que Satanás llenara tu corazón? La propiedad era tuya y podías hacer con ella o con la plata lo que bien te pareciera. Más, ¿ por qué tenia que mentir al Espíritu Santo sobre ese asunto?

Y Ananías, después de oír esas palabras, cayó muerto. En Mapumulo notamos con temor que la iglesia primitiva era de tal forma, que no se permitía ni siquiera una "mentira santa". No había lugar para el pecado, ni siquiera los discípulos tenían tiempo para eso. Ellos trataban duro con el pecado, de tal forma que alguien podría morir por un jueguito mal sano. Así era la iglesia del Cristo vivo, del Señor resucitado. Ahora me pregunto: ¿será que nosotros, hoy día, tenemos el derecho de ser llamada la iglesia de Cristo? ¿ Será que nos damos cuenta realmente del significado del pecado? En la iglesia primitiva un hombre pecó contando una mentira que quizá la consideremos como santa, y eso fue tratado con la severidad de los casos. De esa forma, el Espíritu y la iglesia dice que es mejor que un creyente esté muerto, que vivo en el pecado. ¿ Qué es lo que hacemos hoy día? Servimos y adoramos al Rey de Reyes con pecado en medio de nosotros. ¿Sobre qué fundamento estamos construyendo? Y nos excusamos diciendo que fulano es miembro de la iglesia desde hace mucho, que nació en ella, fue bautizado y todo lo demás. En el día del juicio esa excusa se quemará como paja. Ninguno que sea profesor, o miembro de una iglesia destacada, o una organización muy grande, entrará en el reino de Dios, a no ser que haya nacido de nuevo, nacido de lo alto, y que dé testimonio de esa realidad en su vida. Después de tres horas de lo sucedido con Ananías, su esposa llegó, sin conocer lo que le había pasado a su esposo. Y Pedro de una vez la confrontó:- Safira dime, ¿ustedes vendieron la propiedad por ese precio?

-"Sí."  Dijo ella, siendo fiel al acuerdo hecho con el esposo. Y Pedro le preguntó del por que de tal mentira, indicando a los que llevaron el cuerpo de Ananías, que estaban ahí para llevar al cuerpo de ella también. Al oír eso, la mujer cayó muerta.

Amigos, la iglesia primitiva era así. Y nos preguntamos en 1966: si hubiera una iglesia tal, ¿quién se atrevería a ser parte de ella? ¿ Qué nos sucedería con las mentiras santas y otros pecadillos estimados? De cierta forma, le di las gracias a Dios por no haber vivido en aquella época, en caso contrario, me sentiría en la obligación de salir por las calles diciéndole a las personas: "amigo, cuidado con aquella iglesia; es muy peligrosa y ya ha habido caso hasta de suicidio.  Pedro no podía tener un corazón lleno de amor, tampoco era un hombre de Dios. Si así lo fuera no actuaría de esa manera tan dura. Ni siquiera le dio una oportunidad a Safira, simplemente la confrontó delante de todos."

Estimados amigos, tal vez le daríamos gracias a Dios por salvarnos de aquella época, pues si no, seríamos acérrimos enemigos del Espíritu Santo. Pero una sola cosa les digo, que si han orado por el avivamiento, por la llenura del Espíritu, lo están haciendo por algo que el mundo lo comprende, y quizá ustedes mismos no lo entiendan. Vimos en la iglesia primitiva lo que sucede cuando el Espíritu viene y toma el control absoluto de lo suyo. Lo que pasa es que leemos esos sucesos pero superficialmente, sin conocer su verdadero significado. Imagínense si en los días de hoy hubiera una iglesia así; talvez echaríamos a esa gente y diríamos que son fanáticos, locos, no conocedores de la gracia. Yo les confesé a la pequeña congregación de zulúes en Mapumulo que si yo fuera Pedro, posiblemente cuando Ananías viniera a mi yo lo abrazaría, le daría un beso fraternal y le diría: " mi amado hermano, que el Señor lo bendiga". A mi no me importaría si él estaba diciendo una mentira santa o no. Yo pensaría: uy, la ofrenda que él está dando es muy buena, y de eso necesitábamos. O quizá le diría al abrazarlo: "hermano, en la próxima reunión de concilio propondré que seas diácono, si es que ya no lo eres." Ananías es el tipo de personas que siempre quisiéramos tener en la iglesia, ¿no es cierto? O sea, una persona pudiente. Más, Pedro no dijo tales palabras, por el contrario, parece haberle dicho más bien, que se fuera al infierno con toda su plata. No hay lugar en la casa de Dios para una persona que miente, que es deshonesta o que dice las verdades a medias. Es mejor que se los coman los gusanos que verlos en la casa de Dios.

Amigos, no llegamos muy lejos en nuestra investigación. Regresemos al capítulo tres, donde está escrito que Pedro y Juan fueron al templo a orar. Al encontrar al mendigo Pedro le dijo: "Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. Más Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda." Miremos con atención lo que dijo Pedro. Lo primero que dijo fue: míranos. Dijimos en Mapumulo el error tan grande de Pedro. No podemos decir que nos mire a nosotros y sí, que mire a Jesús. No se mira a los creyentes, y sí a Dios, a Su Palabra. Jamás se dice que nos mire a nosotros. ¡Cómo Pedro pudo equivocarse de esa forma!

De pronto lo entendemos por no tener nuestros profesores, no fue a una universidad, no fue a un seminario bíblico, ni nada por el estilo. Pero, él tuvo el Profesor por excelencia, los demás son necios comparados con Jesús, y Pedro aprendió de Él. Y, mirando detenidamente la Biblia para justificar el hecho nos encontramos en 2 Cor.3: "Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres"; de pronto comenzamos a entender que la mano de Dios estuvo trabajando en la vida de Pedro y de Juan de tal manera, que ellos podían decir sin miedo a equivocarse: "míranos". Y eso sucedió aun antes de comenzar cada cual en su ministerio. ¿Nosotros podemos, como testigos de Cristo, como regenerados por Él, decirle al mundo que nos mire a nosotros, antes de entregarles el mensaje? ¿Usted podrá como padre, antes de exhortar a su hijo, decirle que lo mire, pues su vida es intachable? ¿Somos ejemplo para ellos? ¿Antes de predicar a los empleados les podemos decir que nos miren?

Descubrimos que nosotros mismos no podíamos decir como Pedro, más bien decíamos que haga lo que decimos, pero no lo que hacemos. Era exactamente lo que los fariseos decían. En Mateo 23:3 el Señor dice: "Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; más no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen." Esta es la definición de un fariseo. El escriba y el fariseo del siglo veinte son exactamente la misma cosa, o sea, personas que predican la verdad, pero no la practican. Cuantas veces pensamos que fariseo es aquel que predica mentiras, y vive en ellas. Ellos hablaban la verdad, sólo que no vivían en ella.

 Es como el caso de cierto predicador internacionalmente famoso, que era invitado a predicar en diferentes lugares. En uno de los viajes él llevó a su mujer. Esta vez era una catedral muy grande. Era tanto el don que tenía para predicar, que la gente quedaba como hipnotizados al oírlo, y el silencio en el recinto era tal, que se oía hasta una aguja que se cayera. Tenía tanta homilética que ni siquiera usaba una misma palabra dos veces en un mismo sermón. Dos mujeres que eran líderes en la iglesia le dieron la bienvenida a su esposa, la acompañaron hasta el auditorio y se sentaron con ella en la primera banca. El hombre se subió al púlpito y predicó, dejando a todos admirados porque nunca oyeron a alguien predicando así. ¡Excelente! Después salieron del templo en un gran silencio, sin pronunciar palabra. Una de las señoras decidió hablar y le dijo a la mujer del predicador: "OH, debe ser maravilloso, indescriptible tener un esposo que predica así." La mujer le contestó: "si, pero usted no sabe cómo es él cuando está en la casa." ¿Se dan cuenta? Si nuestra vida no impresiona ni siquiera a nuestras esposas, mucho menos al diablo. Y sus hijos, ¿ usted se sorprende en saber quienes son? ¿Dónde fue que aprendieron a ser quienes son? Un fariseo es alguien que profesa una verdad, pero, sus actos contradicen sus labios. Eso es ser fariseo. Y que Dios sea misericordioso, pues, si hay alguno entre nosotros, que se arrepienta, y se vuelva hijo de Dios, y deje de ser como los escribas.

Pedro le había dicho al mendigo: "míranos." Y nosotros adquirimos conciencia, aun antes del derramamiento del Espíritu en 1966, que, si antes de predicar a los zulúes paganos, no pudiésemos decirles que miraran nuestras vidas, no teníamos ninguna moral para abrir nuestros labios. Así fue cuando Dios empezó a trabajar en nosotros, corrigiendo ciertas cosas en nuestras vidas. Y notamos aun que alguien hasta le podría haber preguntado a Pedro que si no le daría pena decir que le mirara la vida, pues hacia poco tiempo cuando él le traicionó al Señor de la manera más terrible. Pero Pedro le podría contestar: " si, mi hermano, yo si lo puedo decir. He pecado, es verdad, más me arrepentí y lloré mucho por el pecado cuando recibí el perdón. Yo fui perdonado." Es cierto, cuando Dios perdona Él olvida y yo también lo puedo olvidar. Eso es evangelio. No necesitamos vivir el pasado y si declarar nuestros pecados perdonados, y seguir sin tener de qué avergonzarnos, si es que realmente colocamos en orden nuestras vidas, y si de forma genuina y verdadera, nos arrepentimos. Y aun analizamos lo que Pedro le dijo: " no tengo oro ni plata" y si llegamos al punto de no tener ningún bien, ¿ le podríamos decir a la gente que nos mirara? Si fuéramos los más ricos, si ganáramos mucha plata, si todo fuera bien, y en todo lo que tocáramos se convirtiera en oro,  entonces, podríamos sonreír y sin ningún esfuerzo decir: " míranos."  Pero, si todo estuviera mal, si llegáramos a la quiebra, si estuviésemos en el fin, ¿lo podríamos decir?  Pedro, al decirlo, lo dijo honestamente, no es que no querría darle algo al mendigo, es que no lo tenía. A veces decimos no tener, pero estamos con los bolsillos llenos. Más, Pedro dijo la verdad, y no se avergonzó de no tenerlo. Pero, él tenia algo, que era más precioso que el oro: "en el nombre de Jesucristo, levántate y anda."

Y respecto a ese tema le conté a la congregación de los zulúes la historia de cierto sacerdote católico romano. Cierto día, después de una misa muy concurrida, se puso una mesa a la entrada del templo para recoger las ofrendas. Cuando todos salieron, la mesa estaba llena de dinero, de oro y de plata. El viejo sacerdote, juntamente con un nuevo cura estaban contando el dinero. Y de repente el sacerdote le dice: "vea, joven, Pedro ya no puede decir que no tiene plata ni oro." En otras palabras, el papa ya no puede decir eso hoy día. Entonces el joven cura le añadió: "tampoco pude decir en nombre de Jesús levántate y anda." Ya no tenemos lo que tenía la iglesia primitiva; esos se perdieron en medio del camino. Y lo que ellos no poseían, nosotros sí lo tenemos, que es el dinero. Y eso mueve mucho nuestras vidas, ¿ no es cierto? El dinero habla muy fuerte. En todo lo que hacemos, ya sea en el trabajo del Señor, o si vamos a ofrendar, en todo consideramos primero el dinero. Quizá seamos un poco como Judas Iscariote. Antes de terminar mi discurso, en 1966, en Mapumulo, una persona que se convirtió hacía unos meses, se levantó llorando y dijo: "Oh, unfundisi, ¡ por favor no siga!" Yo apenas estaba a la mitad del sermón, en la mitad de una frase, cuando fui interrumpido. Las lágrimas bajaban sobre su rostro ansioso. Le dije que listo, y le pregunté qué es lo que ella deseaba. Y ella me preguntó: "¿puedo hacer la oración? Me sorprendí desorientado, sin saber qué hacer. Un nuevo convertido se  levantó a mitad del culto, me interrumpe y dice que quiere orar. No tuve acción. Ella no tenía educación teológica, no era ujier, ni diaconiza, ni una líder; ¿será que oraría correcto? ¿y si se equivoca? La miré y pensé: "bueno, ella no se hace la loca, parece estar siendo sincera, pues hasta llora. Está bien, puede orar." Entonces, en medio a lágrimas esa mujer hizo una oración muy sencilla: "oh, Dios, hemos oído cómo era la iglesia primitiva, y, ¿será que no puedes bajar para estar entre nosotros también, tal y como hiciste hace dos mil años atrás? ¿Será que la iglesia de hoy no puede ser la misma de Jerusalén? Mi corazón empezó a quemarse dentro de mi. Me acordé de los dos discípulos en el camino de Emaús, cuando un tercer hombre desconocido se acercó a ellos y les habló. Solamente después de partir el pan es que ellos se dieron cuenta de que era Jesús y dijeron el uno al otro: "con razón es que sentimos el ardor, el fuego en nuestros corazones, cuando Él abrió las Escrituras." Yo ahora sabía lo que ellos sentían. Y ella siguió clamando: "oh, Dios, obra de tal forma que tus hijos, la iglesia de hoy, se convierta en la iglesia primitiva. ¿Será que tu no puedes hacerlo de nuevo? ¡Aviva tu obra, oh, Señor! ¿Será que los creyentes no pueden ser de nuevo como los primeros cristianos?" Después del culto fui a ver a mi hermano que vivía cerca del local de reunión, y le dije que algo raro había sucedido en aquel día. Que el culto fue interrumpido no por terroristas, más, por una oración. Aquella oración vino de Dios y fue guiada por el Espíritu Santo y yo creo que no va a tardar y el Dios de los antiguos estará de nuevo en medio de nosotros y seremos como la iglesia primitiva.

 Después de una semana y media, Dios rompió los cielos y descendió sobre nosotros.

 

EL DERRAMAMIENTO DEL ESPIRITU

 

Está escrito en Jn.7:38: "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva." Y en Is.64:1-4: "¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras, y a tu presencia se escurriesen los montes, como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas, para que hicieras notorio tu nombre a tus enemigos, y las naciones temblasen a tu presencia! Cuando, haciendo cosas terribles cuales nunca esperábamos, descendiste, fluyeron los montes delante de ti. Ni nunca oyeron, ni oídos percibieron, ni ojo ha visto a Dios fuera de ti, que hiciese por el que en él espera." Yo me pregunto si alguna vez ya oramos tal y como lo describe el profeta Isaías. Esta es una oración genuina por el avivamiento. En 1966 cuando orábamos desesperados con la situación de cada cual y de nuestra iglesia, clamamos de esa manera. Cuando hablo de avivamiento no me refiero a reuniones que se hacen sobre el tema, pues empleamos mal la palabra, al referirnos a congresos o conferencias. Al hablar de avivamiento, me refiero a que Dios rompe los cielos y desciende sobre su pueblo, la montaña se derrite y el fuego quema realmente. Dios desciende entre nosotros y todos se dan cuenta de Su presencia. Cuando nosotros, en Mapumulo oramos por el avivamiento, fervorosamente, mañana y tarde, pasados dos o tres meses, ya no éramos un grupo de estudios bíblicos, tampoco una pequeña reunión de oración: nosotros simplemente llorábamos. Habíamos clamado para que Dios sólo bajara y obrara entre los paganos. No teníamos conciencia en esa época de que eso era simplemente imposible, pues el Señor nunca empieza con los paganos y sí, como lo dijo Pedro, "con los de la casa de Dios." Los creyentes son los más culpables por no estar reavivados, experimentando una vida santa, que los mismos incrédulos por no estar salvos.

Yo leí en la congregación lo que Jesús dijera en Jn7:38: "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva." Juan nunca hizo mención a un hilo de agua, o una quebrada. Si miramos esta palabra en el nuevo testamento, nos da la idea de un río de verdad, muy caudaloso. Leemos del Eufrates, del río del Apocalipsis, y también del río Jordán, que ni siquiera es el mayor, aunque cuando se llena, llega a ser un río muy grande. Cuando leemos del Jordán, nos acordamos del bautismo de Juan y sin duda, había allí muchas aguas. Cristo no sólo dijo de un río, pero que, muchos ríos fluirían. Aquí en Sur África tenemos los ríos Tugela y Far. Sabemos que con un río podemos transformar un desierto en un jardín, podemos generar energía, regar los campos, montar hasta fábricas. Todo eso, apenas con un río. ¡Tanto más con varios ríos! Jesús dijo que los que creyesen en ÉL, ríos fluirían de su interior. Les preguntamos en Mapumulo: "¿hay ríos de aguas vivas fluyendo en nuestras vidas? La respuesta fue: "no."  Un río, cuanto más extenso, es mayor, más ancho, más profundo y se torna más fuerte. No podemos detener el cauce o fluir de las aguas. Podemos intentar levantar un muro de contención para detenerlo, pero, en realidad, cuanto más barreras les pongamos, más fuerte se hace, más poder genera y llega a cubrir una mayor superficie de alcance. Al final, sólo se contribuye a que las corrientes se fortalezcan más y más, hasta que, si el obstáculo no es lo suficientemente fuerte, será destruido. Si la barrera pudiera resistir la fuerza del agua, ella entonces se levantara, teniendo mayor alcance, y va a sobrepasar la altura de la barrera. En otras palabras, si alguien cree, no habrá nada en este mundo capaz de detener una vida de fe, con esa influencia, ese Espíritu, las aguas vivas que fluyen en su interior. Nada lo detiene. Ni el comunismo, tampoco el mundanismo, ni cualquier otra cosa podrá detener el agua que fluye en la vida de un sólo creyente. Me acuerdo que un día le pregunté a ese pequeño grupo: "¿quién de ustedes cree en Jesús?" Entonces hice algo que no lo hago normalmente, que fue pedirles a los que creían que levantasen las manos. Y todos la alzaron. Y les dije que Jesús afirmó que los que en Él creyesen en su interior fluirían ríos de aguas vivas. Y al preguntarles que si ese río fluía en ellos dijeron que no. ¿Eso significa que ustedes no creen en Jesús? - si, lo creemos, dijeron ellos. - aceptamos a Jesús y le entregamos nuestras vidas, no hay duda de esto, contestaron. Bien, si creemos en Él, o estamos engañados, o Jesús nos dijo mentiras. ¿Qué es lo que vamos a hacer ahora? No nos vayamos a justificar o encontrar una explicación para este texto. La verdad, a esas alturas estábamos como perdidos, sin entender nada. Entonces, de pronto, parecía que el Señor me estaba mostrando algo. Y les dije: " observen, Jesús dijo que los que en Él creyesen, como dice las Escrituras, de su interior fluirían ríos. En otras palabras, las Escrituras tienen algo a decir respecto a los creyentes. Ahora, oigamos lo que dice la Biblia, pues puede que tenga algo más que decir que "ríos que fluyen en su interior."

Yo no sabía exactamente hacia donde íbamos con eso, pero proseguí en decirles que siguiéramos con la investigación de las escrituras, mirando lo que ella nos decía, sin omitir o añadir nada, sin quitar o poner. Sólo así nos daríamos cuenta si teníamos una luz sobre el asunto. Y dije:- como está escrito "aquel que cree en mí como dicen las Escrituras." No es como dice nuestras costumbres, tampoco como lo dicta la constitución de nuestra iglesia, o nuestros pensamientos, es como dice las Escrituras. ¿Será que creemos de verdad en lo que dice la Biblia? E inesperadamente, después de un cierto tiempo, ya terminado el periodo de estudio, Dios empezó a tratar con el peor pecador de aquella congregación, que era yo. Dios súbitamente empezó conmigo, el predicador. Yo siempre echaba la culpa a los demás, siempre miraba a los demás. ¿Y ustedes saben qué pasa cuando apuntamos con un dedo hacia los demás? Quedan tres dedos señalándonos y diciendo que nosotros somos  peor que la persona señalada. Y el dedo pulgar indica a Dios, señalando que Él es testigo de esa verdad. Siempre hacemos juicio de las personas de acuerdo a lo que somos. Psicológicamente hablando, alguien siempre verá sus defectos en otros. Entonces si queremos conocer los puntos débiles de alguien, es sólo oír lo que dice de los demás, y  todo lo que dijere será el reflejo de lo que es. Si un pintor ve un árbol, piensa en un cuadro y dice: "¡OH, de aquí sale un cuadro muy lindo!" Ahora, si es un botánico dirá: "¡oh, cuantos retoños pueden salir de ese árbol!" si llegare el dueño de la finca donde está el árbol dirá: "Pronto voy a tumbar ese árbol y ganaré una buena plata." Si pasa algún metódico por allí dirá: que árbol tan largo, voy a tomar sus medidas." Todos miran con los ojos de lo que pasa en su interior. El dicho es muy cierto: se juzga conforme a lo que se es. Y cualquiera que tenga un poco de cordura, si se da cuenta mientras criticamos, verá lo que sucede en nuestro interior. Si un borracho mira que alguien entró en un almacén y sale con una botella en el bolsillo, aun siendo botella de alcohol casero o de agua, el borracho dirá que es aguardiente. Eso es lo que él ve en todo, pues esa es su atadura. Si un homosexual ve a dos personas caminando juntas, pensará en lo peor, pues siempre juzgamos de acuerdo a lo que somos.

Yo siempre le echaba la culpa a los zulúes por la falta de progreso en el trabajo entre ellos. Cuando me preguntaban por qué el trabajo con los negros era tan difícil, yo les decía: "ustedes tienen que entender que hoy día es difícil para un blanco predicar el evangelio entre los zulúes. Ellos no aceptan fácilmente el evangelio, pues dicen que es religión de los blancos. Ellos, en su mayoría están con la cabeza en la política. Además, muchos están interesados en el comunismo, y, por otro lado son unos bebedores de trago. Los Jóvenes,  preocupados con las cosas de este mundo. Ahora si ¿comprende por qué es tan difícil, y por que no puede haber un avivamiento, tampoco conversiones? Ahora, vea que ellos tienen sus ídolos, sus propios dioses."  Y repentinamente cuando el Señor comenzó a trabajar, tuvo que hacerlo por mí. Dios tuvo que poner Su dedo en los pecados que había en mi vida.

Me acuerdo de un sábado en la tarde, cuando algunos de los zulúes se acercaron a mí para pedir que hiciéramos la reunión a las trece horas, puesto que algunos tenían que caminar mucho de regreso al hogar, y no querían llegar tan tarde. Otros que se habían ausentado de la casa durante toda la semana por el trabajo, y como era fin de semana, querían llegar temprano. Y por eso me dijeron: "¿será que nos podemos reunir a la una de la tarde? Con eso tendremos tiempo para atender a los niños y los trabajos domésticos." Yo les dije que si, que nos reuniríamos a la una de la tarde. La reunión fue hecha en una casa que antes era un establo. Cerca había un campo de tenis, y el mayor (gobernador) del distrito, y su asistente, el juez, el jefe de los correos, el jefe de la policía y un sargento, todos llegaron para jugar un partido,  allí cerca de nuestra reunión.  Entonces pensé: "¿qué pensarán ellos de mí, si con estos africanos nos arrodillamos y clamamos a Dios?" Yo conocía a aquellos blancos y su estado espiritual. Yo tenía pena, vergüenza de ellos y me dije: "¿y ahora, qué voy a hacer? Ellos pensarán que estoy loco." Como es de notar, yo todavía no tenía conciencia de lo que necesitaba ser para que la luz del avivamiento alumbrara. Cuanto más temprano nos "enloquecemos", será mejor. Pensé en decirles a los zulúes que mejor nos fuéramos, y regresar sólo después del partido, como a las cinco de la tarde. ¿ Pero como haría tal cosa? Yo no les podía decir que tenía vergüenza de que me vieran orando con ellos. No les podía decir que pensaba en lo qué dirían aquellos allá afuera sobre mí, un blanco que lloraba con los negros, orando con ellos de rodillas. De pronto tuve una gran idea. Pensé en pararme para cerrar la ventana. De esa manera, los blancos no iban a oír lo que pasaba dentro del establo. Eran pequeñas ventanas, que se cierra empujándola hacia arriba. Me paré y cuando fui a cerrar, escuché algo que era como si alguien me dijera así: "está bien, puede cerrar. Pero yo estaré afuera, no entraré con ustedes." No necesité de un intérprete para entender ese lenguaje;  le comprendí que no era la ventana que dejaba a Dios por fuera, y sí mi orgullo. Por la primera vez en mi vida entendí que el Espíritu de Dios es santo. Nunca lo había entendido. Centenas, quizá millones de veces lo menciona el Espíritu en predicaciones, pero nunca lo comprendí, nunca me fue revelado, nunca había visto antes la santidad de Dios. Yo decía al Espíritu santo, pero eso no significaba nada para mí.

Necesitamos tener mucho cuidado con lo que hacemos y oímos, pues es tan fácil decir que hemos sido bautizados en el Espíritu Santo,  que estamos llenos del Espíritu. Pero las personas miran nuestras vidas. Yo conocí a dos personas que hablaban en lenguas y decían estar llenas del Espíritu, y una de ellas tenía un vocabulario sucio, terribles las palabras que decía... ningún creyente las debe usar. Ella echaba maldiciones como nadie. La otra persona vivía con las mujeres ajenas, adulterando con ellas. Y esta era un arma que yo usaba ocasionalmente. Les decía: " usted que dice estar lleno del Espíritu, venga al altar y muestre su espiritualidad en una vida santa." Entretanto que desafiaba, yo mismo no  tenía idea de lo que era el Espíritu Santo. Mi actitud era así porque somos inclinados a profesar mucho y vivir poco, y, con eso traemos deshonra al nombre de Dios. Es mejor decir que tenemos muy poco, que nada somos, y tratar de vivirlo más.

Cuando Dios bendijo a Andrew Murray y la iglesia reformada  con un gran avivamiento en Cabo,  el Espíritu descendió y obró poderosamente,  aunque Murray enfrentó muchas oposiciones. Yo siempre digo que se puede medir la profundidad de la obra de Dios por la cantidad de oposición que se enfrenta. Si no hay tanta oposición es señal de que Dios tampoco ha hecho tanto. Algunos pastores de la misma iglesia de Murray dijeron que él estaba enseñando una falsa doctrina, que se había salido del carril. Y nombraron a dos personas para que fueran a hablar con él e investigaran sobre ese asunto. Le acusaron de ser muy extremista, y que el patrón de vida cristiana que él enseñaba era muy alto. Después de pasar dos semanas con Andrew Murray ellos regresaron y dieron el relato: "hermanos, él no predica la mitad de lo que vive." Quien está allá con ellos y ve cómo viven, sólo puede decir lo que vio. Eso sí es bueno. Es mucho mejor ser como la reina de Sabá,  que cuando llegó a la presencia del rey Salomón y vio su reino le dijo: "No me dijeron ni la mitad de lo que veo." Más, todos tenemos la tendencia de hablar más de la cuenta, más de lo que somos y de lo que realmente valemos. Hay que tener cuidado con eso. Muchos daños se han hecho hoy día no por los comunistas, más por los mismos creyentes. No por los impíos, no. Ellos no nos causan problemas. Sólo los que se llaman cristianos, pero en sí, son unos tibios. Es mejor ser un impío, no salvo, que ser un cristiano tibio. Jesús dijo que los no creyentes eran más aceptables para Él que los mismos cristianos que son tibios. Algunos creen que esas palabras estaban sólo en los labios de Jesús y no en Su corazón. Eso no es cierto, pues salía de Su corazón. Tales personas le dejan al Señor enfermo, con ganas de vomitar.  Y el Señor dice: " este es el fin de los que dicen estar en mi, pero son tibios. El fin de ellos es peor de que un pagano." Y esos eran los pensamientos que me dominaron en aquel entonces y por primera vez en mi vida yo tuve conciencia de la santidad del Espíritu de Dios. Al mismo tiempo el Señor me enseñó cómo el orgullo es odioso ante Sus ojos. Orgullo es un pecado hediondo. Yo vi algunas palabras escritas delante de mí, donde decía que Dios resiste al soberbio. Y pensé: ¡cómo, yo no sabía eso! Siempre pensé que era el diablo que hacía las cosas difíciles para mí y me ponía resistencia. Y ahora la Palabra dice que es Dios el que me pone resistencia. Dios resiste al soberbio y no a Satanás. ¿Cuál es la mayor amenaza para nosotros? Existen muchas cosas. Unos dicen que son los terroristas, pues sólo se duerme en las noches con las ventanas y puertas muy aseguradas. Otros dicen que son los negros la gran amenaza. Pero, ¿sabe realmente cuál es la verdadera amenaza? Es Dios, aquel que nos salvó. Los hijos de Israel fueron todos salvos por la sangre. Ellos bebieron de la roca que es Cristo. Lea 1 Corintios 10, y la misma mano que los salvó se volvió contra ellos y los metió en el desierto, y los que quedaron, tuvieron que caminar sobre los huesos secos. Dios en Su ira, se puso en contra de ellos. No hay que temer a nadie en este mundo, pues sólo hay uno a quien debemos temer: a Dios. Aunque todo el mundo sea por nosotros, si ÉL es contra nosotros, estaremos luchando en una guerra perdida. Por otro lado, un hombre y Dios son más que todo el mundo, y aunque todo el mundo se levante en contra de tal hombre, él y Dios son victoriosos pues no estarán en la minoría, pero sí en la mayoría. La Biblia dice que si Dios es por nosotros, ¿quién será contra nosotros? La palabra "si" no expresa una condición. Entretanto debemos preguntar: ¿Él es realmente por nosotros? Y si usted es una persona sin preconceptos, sin doble ánimo, sin doble medidas, si mira a ciertos creyentes dudará si Dios es realmente por ellos. Yo he visto eso: donde hay orgullo, Dios no está a favor de aquella obra; más bien, en contra de ella.

Así vi a Dios resistiéndome y clamé. Yo pensaba que era el diablo que me hacía oposición, pero ahora veía que era el mismo Dios. Si estos dos gigantes están contra mí, no hay esperanza alguna. Si fuera sólo el diablo, creo que por la gracia de Dios yo lo podría vencer. Pero, si Dios es contra mí, seguro que estoy perdido. Dios entonces, a esas alturas, comenzó a pasarme por el molino de carne, sin saltar del pie a la cabeza; comenzó  por la cabeza misma, por mi soberbia. Nunca se olvide que Dios se opone a cualquier obra donde hay orgullo, pues Él no aprueba tal cosa y no oculta el hecho de que resiste al soberbio.

El Espíritu Santo empezó a señalar mis pecados, uno tras otro. Él hizo exactamente lo que está escrito en Juan 16 cuando el Señor dijo: "es necesario que me vaya, de lo contrario, el Consolador no vendrá. Y cuando Él venga, os guiará en toda verdad, y convencerá el mundo de pecado, de justicia y de juicio final." Cristo, al decir que vendrá el Consolador, ¿qué irá hacer en su venida? Nos confortará. ¿Hay algún consuelo en estar bajo la convicción del pecado? Estar bajo el pecado es algo que nos causa incomodidad. Hace algunos años un predicador  de aquí de la Costa Norte me preguntó: "¿usted cuando predica hace mención al pecado?" Yo le contesté que no era un predicador de mucha cultura o muchos conocimientos, que por eso no podía hablar de muchas otras cosas, a no ser del pecado. Y él me dijo que cuando hablaba del pecado, inmediatamente la gente se incomodaba y se retorcía en las sillas. Él tenía una congregación de blancos.

Ahora, ¿por qué razón vino Cristo? ¿Por qué Su nombre es Jesús? Sólo porque Él nos vino a salvar de nuestros pecados. ¿Por qué murió en la cruz, derramando Su sangre? ¿ No fue exactamente para quitar nuestros pecados y tratarlos? Él se hizo pecado por nosotros, y murió por nosotros para salvarnos del pecado. Cuando el Señor dijo que el Espíritu Santo vendría para sustituirlo, los discípulos se pusieron tristes. ¿Podemos imaginar algo mejor que tener a Jesús con nosotros, verlo, ver Su gloria, oírlo, estar con Él y contarle todos nuestros problemas? Entretanto Él dijo a sus discípulos que había algo mejor, que por eso tenía que irse para que el Consolador viniera y convenciera el mundo del pecado. Nuestra costumbre es decir que el Espíritu convencerá al mundo y no a los creyentes. Siempre criticamos a los políticos y decimos que ellos tienen dos caras, pero quizá somos peores que ellos. Si la Biblia dice que Dios amó al mundo, nosotros decimos que Él nos amó a nosotros. Más, si dice que Él convencerá al mundo, decimos que convencerá a otros, no a nosotros. Hay algo de errado en eso. Jesús dijo que el Espíritu vendría para convencer al mundo y Pedro dijo que Él comienza tal obra por la casa de Dios. Esa obra que convence de pecado empieza en la iglesia. Él trata con el pecado, convence a las personas del pecado. Siempre que el Espíritu se mueve, lo hace cómo Jesús lo declaró: convenciendo a las personas del pecado. Cuando desciende el avivamiento, lo primero que las personas hacen no es exactamente adorar a Dios. Amigos, perdón por tener que hablar así, pero eso es insensatez, es poner el carro delante de los bueyes, es distorsionar la Palabra de Dios. Lo primero que hace el Espíritu al descender sobre la vida de alguien es convencerla del pecado. Viene el quebrantamiento, las personas lloran por sus pecados, y quedan más bien angustiadas y no alegres. Eso es señal de que Dios descendió a través de Su Espíritu, que se mueve. Las personas tocadas de esa manera,  están llenas de lágrimas, llorando, y no precisamente sonriendo. Hoy día muchas conversiones no son genuinas, pues las personas no nacen del Espíritu. Son cristianos, pero en realidad no saben qué significa convicción de pecado. Se les puede preguntar si realmente fueron nacidas del Espíritu Santo, si de verdad lo tienen en sus vidas. Jesús les dijo a los discípulos, en la ocasión en que estaba partiendo, que enviaría el Consolador, el cual convencería a las personas de pecado, de justicia y de juicio. Eso es lo que el Espíritu Santo hace. Pero vuelvo a preguntar si hay algún consuelo en eso. Hay que tener cuidado. Si el Espíritu comienza a convencer a las personas de pecado, algunos terminarán en un hospital para enfermos mentales. Y yo les digo algo: estar bajo la convicción del pecado es un tanto desagradable.  Queridos amigos, no puede haber consuelo alguno a no ser que seamos convencidos de nuestros pecados, de tal forma que corramos y nos refugiemos en la cruz, y así, nuestros pecados sean lavados. La verdad es que no podemos amar a Jesús si no sabemos qué significa tener los pecados perdonados. Cuánto más profunda es la convicción de pecado, mejor, pues a quien mucho se le perdona, mucho se le ama. Los que más aman a Jesús son los que han pasado por el más profundo convencimiento de pecado, y en quien la tristeza, según Dios llegó al hondo. Esos son los que más aman a Jesús, y no sólo lo dicen pero también lo demuestran con hechos, con obras.

Días después del inicio de las reuniones diarias en la congregación de los zulúes en Mapumulo, yo llegué al local y los hermanos ya estaban reunidos cantando. Yo sentí que debía reunirme inmediatamente con ellos. Pero pensé que no podía llegar sin el traje apropiado para la reunión. Tampoco podía llegar sin la Biblia en la mano. ¿Qué dirían de mi? Pensé inmediatamente en tres personas a quienes no quisiera desagradar. Y de repente una palabra me vino a la mente cuando el profeta Elías se presentó ante el impío Acab y le dijo: "rey, Dios delante de quien estoy."  Piense un momento en esto. ¿Usted ya estuvo delante de un rey  o de un ministro  de la república, o de un presidente? Si ya estuvo, ¿de qué tiene conciencia al estar frente a él? El profeta Elías se presentó delante del hombre que le había dicho: "usted es mi enemigo y yo tengo el poder para matarlo." Pero Elías sólo le dijo: "rey, Dios delante de quien estoy..." Él estaba conciente de estar delante de Dios, pues vivía en la misma presencia de Jehová, y aun cuando estaba delante de un rey terrenal, tenía conciencia de estar delante de Dios.  Sentí en aquella ocasión que no podía hablar como el profeta Elías, pues no estaba conciente de estar delante de Dios, más, delante de los hombres. No pensé en lo que Dios podría decir, ni siquiera me pregunté cómo Él se sentiría conmigo, sólo pensé en aquella persona de la congregación. No pregunté sobre lo que Dios desea de mí o cuál sería Su reacción respeto a mi actitud. Yo estaba delante de los hombres, y no delante de Dios. Amigos, no tengo palabras para explicar lo que eso significó para mí. Eso rompió mi corazón, pues yo amaba al profeta Elías y deseaba que hubiera más personas como él, que pudiesen orar y tener la cabeza entre las rodillas, y ver  el poder de Dios. Personas que no fuesen como algunos, que oran por avivamiento y éste nunca viene, más, creyentes que oren hasta recibir la respuesta, aunque tengan que clamar siete veces y después oír que alguien diga que hay una nube como una mano en el cielo. Entonces, decir: "Está llegando." Fui confrontado por el hecho de amar al profeta, y no ser como él. Mi corazón se partió en dos. Entonces clamé: "Señor, perdóname por no estar delante de ti." Y mientras oraba vino a mi mente eso: " si yo quisiera agradar sólo a los hombres, no sería un siervo del Señor Jesucristo." Sinceramente, eso me conmovió. Pensé que por doce años venía trabajando con los zulúes y diciéndoles que soy siervo de Dios y les he predicado. Pero ahora, analizado y comprobado por la Palabra de Dios, yo había sido descalificado.

Si yo fuera un artista les pintaría un diseño para ustedes. Ustedes los hindúes, saben como es un templo hindú, con todos sus ídolos y dioses dentro de Él.  Y Dios me mostró una foto mía: me vi entrando en aquel santuario, de rodillas en el suelo, y adorando aquellos ídolos. Ese era el retrato de mi corazón. Yo refuté: " oh  Dios, yo he desafiado a los paganos a que no sirvan a dioses extraños, ¡y ahora yo mismo me inclino ante ellos y los adoro!" Me inclinaba ante el mundo y las opiniones de los hombres, sin consultar lo que Dios pudiera decir. Dios me mostró que yo era un idólatra, que tenía otros dioses. No puedo explicarles el dolor de mi corazón en aquel momento. Entré en el local donde todos estaban reunidos y lloré. Yo no fui capaz de predicar. Sólo les dije que debíamos arrodillarnos a orar y decir: "Señor, ten misericordia de mí, pecador." Esa fue una época en que me había olvidado que yo era salvo, que un día había aceptado al Hijo de Dios. Sólo veía que era un pecador condenado, a no ser que el Señor me salvara de mis pecados.  No les sé decir por que eso sucedía después de tantos años. Debió haber sido luego después de mi conversión, pero no fue así. Mi conversión no fue genuina, de haberlo sido no habría  en mi tanto orgullo y afán por agradar a los hombres. Yo todavía estaba delante de los hombres y no delante de Dios. Era una vida muy superficial. Y Dios siguió sin detenerse, a revelar mis pecados, uno tras otro. Todo eso sucedió cerca de la navidad. En esa época no tenía propiamente el espíritu navideño. Se me olvidó que era navidad y mi sermón fue sobre otra cosa, porque Dios estaba haciendo algo nuevo en mi. Entonces, después del culto un negro se me acercó y me dijo: ¿usted sabía que hoy es navidad? Y le dije: " no, no sabía de eso." Dios me estaba pasando por Su molino y tratando aquellas cosas diabólicas en mi vida.

En otra oportunidad, cuando yo iba hacia el local de culto, me di cuenta de que no me había rasurado. Hoy día eso no es tan malo, pues muchos van al culto sin afeitarse. Pero en aquel entonces eso era horrible, especialmente para mí. Tenía un primo que siempre iba así para el culto en Pietermaritzburg y nosotros lo considerábamos como muy excéntrico por su manera de ser, por eso pensé en lo que podrían decir de mí. Apenas me vino a la mente aquel pensamiento  y fui como fulminado por un rayo. Las Escrituras dicen que debemos estar muertos para el mundo, y yo continuaba vivo. Al darme cuenta de eso clamé: " oh Dios,  Jesús dice que debemos creer como dice la